Áreas del Museo:

Conservación

Las tareas de conservación atañen a infinidad de aspectos que podrían ser condensados en intentar encontrar respuestas a varias preguntas clave formuladas ante la aparente mudez de los objetos y testimonios que un museo alberga: ¿Dónde?, ¿para qué?, ¿por qué?, ¿cuándo?, ¿de qué?, ¿de quien? ¿junto a qué?,... Complejo cuadro inquisitivo que convenientemente resuelto daría las claves interpretativas para exprimir todos los elementos que encierra una colección/es, que sería como describir convenientemente y contextualizar cada uno de los mismos, es decir HISTORIAR con letras capitales para, más tarde, difundir y comunicar por todos los medios, y más ahora, que la tecnología nos suministra medios inauditos, impensables hace sólo unas pocas décadas.

Dijo don Antonio Machado en sus Proverbios y cantares: “Bueno es saber que los vasos sirven para beber, lo malo es que no sabemos para qué sirve la sed”. Un museo podría almacenar y exponer vasos, es un decir, de todos los tamaños, materiales, colores, texturas, autorías, procedencias y características. Pero a los conservadores de un museo antropológico nos toca explicar no sólo qué es un vaso y presentarlo de forma atractiva sino qué es la sed: qué se bebe, dónde, cuándo, cuánto, qué días y a qué horas y porqué.

Compleja papeleta, pues habría que coger la cultura/s por los cuernos y, en un acto de arrojo, actuar como profesionales de la medicina legal, y también como exploradores extraterrestres, hasta conseguir detectar y diagnosticar nuestros propios actos, hábitos y patologías, localizar sus orígenes y pronosticar sus futuras evoluciones. Y de esta guisa, un vaso de Duralex roñoso y emponzoñado, proporcionar tanta o más información que otro de cristal de Bohemia impoluto e inmaculado. Después habría que explicar qué es el vidrio irrompible o que Bohemia es una región checa del continente europeo, y que el vidrio no es lo mismo que el cristal (que su fabricación no cuesta lo mismo ni su clientela es la misma), dónde nacieron las vajillas de uso cotidiano o que ser un bohemio no quiere decir lo mismo que ser de Bohemia y haber nacido en la calle Nerudova de Praga. Y por la misma regla de tres, explicar tantas diferencias tipológicas y sus correspondencias culturales: que no todo el mundo suele beber en un vaso de cóctel o en un vaso de medio litro con un sello -marcado al ácido fluorhídrico- que ponga Guiness y que hay mucha gente que ni tan siquiera bebe en vaso porque no tiene qué llevarse a los labios. Beber o no beber. Saber o no saber. Mejor saber contarlo y hacerlo con rigor, delectación, pasión, justeza y sentido del humor.

Se trata de amar los testimonios culturales sobre todas las cosas, no tomar sus contenidos en vano (aunque tampoco santificarlos demasiado), no olvidar sus orígenes (nunca renegar de sus padres ni darles otra nacionalidad, asesinarlos, distorsionarlos o travestirlos), no apropiarse de bienes ni colecciones ajenas (basta con conocerlas y sacar partido desde el punto de vista del pensamiento y las mentalidades), no levantar falsos testimonios sobre la importancia de los testimonios custodiados, ni consentir con manipular o distorsionar su integridad material y conceptual y jamás pensar en estar en posesión de una única razón para darse fuelle (en las labores museísticas, muchas veces las enseñanzas de los locos, los viejos y los niños nos aportan soluciones y perspectivas inauditas la mar de aprovechables).